La pesca del sargo al toque.

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Articulo enviado por Antonio Rojo.

 

Algunas fotos mas recientes de este maestro de la pesca que no deja de enseñarnos

Robalo en playa de Huelva 2005

Octubre 2004 Sines   Pinchito de doradas

Octubre 2004 Sines   Dorada

Septiembre 2002 Sines  Breca.

Pesquera en Sines 2002

 

                 

 

  Desde hace tiempo estoy dándole vueltas a la cabeza sobre si escribir mi vivencia ,- especialmente canaria - , sobre la pesca del sargo; y lo hago hoy, último día de agosto de este caluroso mes; año 2005, estando yo en  compás de espera obligado para intentar la pesca de la SEÑORA DORADA a partir de mediados de septiembre, que, dicho sea de paso,  me tiene en vilo y me alimenta en la espera, cual amor primerizo, para el inicio de la temporada en aguas portuguesas. La cual  espero prolongar hasta noviembre si los tiempos vienen buenos, aunque al respecto, me llegan noticias de que están cogiéndose ya  buenas doradas tanto en las cercanías de Cádiz como en la Ría de Punta Umbría.

  Por ello, heme aquí de nuevo intentando saber expresar mediante las letras el humilde conocimiento que poseo sobre dicha pesca, y con la ilusión de que si alguien me lee, sea de su agrado y se aficione aún más.  

Tras mi llegada a Las Palmas, entablé amistad con un grupo de pescadores que me permitieron conocer la pesca nocturna del sargo mediante la muda constante del sitio donde lanzar, para lo que usábamos cañas telescópicas bastante duras a fin de recorrer la mayor cantidad de puntos moviéndonos con el coche. Así que  teníamos que volver a cerrar la caña y meterla en el maletero cada vez que no se notaba ninguna picada pasados los primero 10 minutos. O incluso habiendo sacado algún sargo, casi siempre de cerca del kilo de peso, si las picadas no se sucedían y paraban; de esta forma "batíamos" toda la zona norte de la isla, entre Las Palmas y Gáldar.

 

     Dicha  costa es  abrupta y acantilada pero con algunas zonas bajas con playas de grandes cantos rodados, sin nada de arena, sólo piedra como en Bañaderos, donde perder el plomo era, y es,  lo mas normal en cada lance, por lo cual había que ponerlo abajo con una gaza de un hilo menor que se rompiese fácilmente y el anzuelo por arriba para no perder el pescado que nos entrase.

 

 

El cebo usado es la esencia de este tipo de pesca, pues es como se suele decir "mortal", y consiste en recorrer de noche y con alpargatas de suela de esparto para no resbalarse las rocas que quedan descubiertas a marea vacía con una linterna, para  coger el tipo de cangrejo que allí llaman "moro", tanto los normales como los que están mudando, que se esconden en las oquedades de las piedras y en los charcones de agua del mar. Durante la muda se cogen mejor, es un cangrejo rosado o rojo, -no negro-, que está armado con dos pinzas poderosísimas, a las que se les puede temer, así que hay que meter la mano cubierta con un guante o con mucha valentía y a lo que salga.

  Pues bien, una vez cogidos los cangrejos, son las pinzas la única parte que nos interesa, y he ahí la cuestión, que para un lance necesitamos al menos dos pinzas, y además unas tenazas que corten bien para mediante bocaditos pequeños ir abriendo el brazo final de la pinza que articula las dos púas de forma que saquemos el músculo interior lo más intacto posible; que en realidad es un pequeño trocito de carne banca y tierna, no mayor que una uña - es la que cuando están hervidos nos comemos chupando o como podemos-. Pues bien, una vez sacada la carne de  las dos pinzas, la ponemos con mucho  cuidado en el anzuelo, que será del número 4, -el sargo tiene la boca pequeña y si traga no hay problema-, que como he dicho anteriormente está a un metro por encima del plomo, con un brázola de unos 40 centímetros de diámetro 30 o 35 y con mucho cuidado para que no se desprenda la carnada lanzamos con un suave movimiento en péndulo de la caña y dejamos que toque fondo a unos metros de la rompiente.

  Visto y no visto, tal vez por la luminosidad de ese trocito de carne o por su frescura, el tirón es seco y brutal, lucha oscura y  silenciosa,  de poder a poder, sin cuartel, sólo el que nos aconseja la experiencia y el temor a la rotura, y sargo fuera, negro como las piedras redondas y negras en las que vive, que el mar ha ido redondeando en su ir y venir y  en las que está acostumbrado a comer, piedras como sandías o melones, cuyo sonido a cada ola es distinto pues el mar las coloca y descoloca según su tamaño y suenan a coco contra coco, y vuelta a empezar. Descorazona pensar que tienes que ponerte de nuevo a pelar bocadito a bocadito otras dos patas del fuerte caparazón que las protege, en la oscuridad, vuelto de espaldas al mar para que el pescado no vea la luz de la linterna que tenemos colgada del pecho, teoría tal vez exagerada, pero el trofeo lo merece.


  Cuando se acababan las patas pescábamos con gambas congeladas, pero ya no era lo mismo, no es lanzar y notar el tirón, ni mucho menos, entonces,  también íbamos a  los acantilados de Gáldar, a través de los caminos de plataneras, buscando aproximarnos al filo con sumo cuidado , arrastrando el culo como medida de seguridad por si tropiezas estar ya en el suelo y agarrarte a lo que buenamente puedas, el cubo en un brazo colgado del codo, la caña en la mano de ese brazo y el otro libre para sujetarte pues a unos 60 u 80 metros más abajo se escucha, - que no se ve-, el rugido del mar. Se lanza al vacío con la misma técnica, plomo abajo y anzuelo arriba y se tensa el hilo de no menos de un 50, a oscuras, si notamos picada, a subir lo que venga, rozándolo por todos los salientes, inevitable aún usando cañas de 5 metros, hasta que aparece el sargo, de muy mal genio y dando coletazos, incluso algunas veces sin escamas en algunas partes. De día, mejor no probar pues no hay mas que fulas y doncellas que se lo comen todo.

  Entre tanto mi zona preferida de pesca, por lo cercana a mi domicilio era la playa de las Canteras, en su parte izquierda mirando al mar, donde, si se podía alcanzar las cercanías del arrecife que la protege y la rotura que existe en dicho arrecife, se sacan sargos y morenas, pero no muchas.


   De este grupo de pescadores, nació la idea de realizar un safari de pesca,( bonito y pretencioso nombre, ¿verdad?), a la isla de Fuerteventura, durante la Semana Santa del año 1983. Decidimos ir a por el "pescado de cuero",y desde costa, casi nada, y,  nada de barco, nosotros éramos y somos los auténticos, los genuinos pescadores de costa. A fuerza de ser sincero, yo personalmente me admiro aún cuando actualmente me asomo a una playa de las de Portugal desde alguna atalaya mirador o promontorio y veo en la lejanía la sombra erguida de un pescador solitario que ha caminado muchos metros por la arena llevando cañas, cubos, hierros, agua, comida, carnada y todo lo que nosotros sabemos  para situarse en el sitio que él cree idóneo para esperar una picada.

 

  Fueron 11 días de felicidad y   pasar hambre ,-a  pesar de  que llevábamos contratado un cocinero -, el cual en vez de hacer la comida  se dedicaba a pescar y nos guisaba poco, no obstante en una de las fotografías se le ve limpiando un cazo mientras yo intento sentarme totalmente antes de que la máquina haga click. Por toda comida a las tres de la tarde nos cocía una olla de papas arrugas y el que no quisiera esperar a que se enfriasen, a quemarse el cielo de la boca, como fue mi caso, pues conservan durante mucho tiempo el calor, y el hambre acuciaba, aunque el fin último no era comer mucho, sino la pesca del sargo, como más adelante se verá.


   A todo esto supongo que todos los lectores saben que cuando se dice pescado de cuero, me estoy y nos  estamos refiriendo a los cazones y a los tiburones, que tienen piel y no escamas, es decir cuero, y que en dicha isla se acercan hasta la rompiente en algunos puntos, teniendo conocimiento de que una vez un hombre mató a cuchillo uno en la misma costa, cuya historia se conoce bien en Puerto del Rosario, y si hay algún incrédulo que me pregunte.